Brockmire, strike two

People only like me when I am drunk!  

Nueva Orleans, la mejor ciudad del mundo para ser un borracho, la peor ciudad del mundo para ser un borracho. Allí acaba Brockmire, el cínico personaje que interpreta con enorme acierto Hank Azaria, durante la segunda temporada de esta negrísima comedia de IFC. En este entorno regado de alcohol y pavimentado con drogas, Jim se deja llevar por sus peores instintos mientras escala posiciones dentro de la liga fingiendo estar sobrio. La historia de Brockmire, de cara al gran público, es la de un locutor rehabilitado pero la realidad es que en Nueva Orleans y sin Jules, Jim es incapaz de controlar sus adicciones y bajo esa fachada de adicto funcional se encuentra un hombre a un chupito de whisky del desastre.

Sin embargo, dejar de beber no es una opción para Jim y menos cuando se percata de que gusta más a la gente cuando está borracho que cuando locuta con un café entre manos. Y la verdad es que el Brockmire ebrio es el mejor Brockmire, sorprendente su agilidad mental, su retórica, su capacidad para narrar con gracia y emoción la trayectoria de una bola que acaba en strike, en realidad, una metáfora de su propia existencia.

La segunda temporada era la prueba de fuego para esta comedia regada de alcohol y la supera con elegancia, mejorando su brillante y potente primera entrega sin perder por el camino ni un ápice de encanto. La trama principal es simple, Brockmire debe ser funcional y efectivo para volver a las grandes ligas. Así, con un objetivo, la serie crece, evoluciona, madura y se vuelve más personal y más oscura. Si pensábamos que Brockmire solo podía funcionar cuando el personaje principal toca fondo, estábamos equivocados; en su mejor momento, Jim sigue siendo un personaje fascinante lleno de matices y de claroscuros. Además, esta año descubrimos a Charles (Tyrel Jackson Williams), el joven es mucho más que el Pepito Grillo de Jim. Su crecimiento personal a lo largo de la temporada es exponencial y se contrapone al hundimiento paulatino de Jim. Me encanta su visión emprendedora y su capacidad negociadora. Lo que la temporada pasada comenzó como una subtrama sobre un podcast se convierte este año en una de las tramas más importantes explotando todo el potencial de Charles. Ese cuidado a los secundarios se agradece, y más cuando su relación con Brockmire está tan bien escrita que resulta doloroso verlos enfrentarse y separarse.

Con unas tramas tan definidas, la serie en vez de abrirse, se pliega sobre sí misma para explorar a sus personajes y matizar y enriquecer sus relaciones. Si la primera temporada se deleitaba en las hazañas alcohólicas, sexuales y verbales de Jim, la segunda quiere indagar en la raíz de todos esos excesos, en las razones que le han convertido en lo que es. Más allá de la infidelidad de su mujer vemos que el pasado del protagonista oculta otros golpes. Revisitar ese pasado será una constante a lo largo de los capítulos que dan forma a esta temporada, así conoceremos a la familia de Jim, algo que explicará muchas cosas sobre su carácter y sus problemas actuales con el control, la autoestima y las adicciones.

Brockmire mantiene un equilibrio perfecto entre la comedia, a veces grosera y escatológica, y el drama mapeando el alma de sus personajes con asombrosa precisión. En muchos momentos, Jim me recuerda a Bojack, será por esa insatisfacción perenne, por esa constancia autodestructiva, por esa inquina hacia el mundo y sus habitantes. Jim puede ser, como Bojack, un ser despreciable pero también un ser humano con capacidad para hacer el bien. Jim, Bojack y aquí podría sumar a Maron, transitan por la autopista de la melancolía impulsados por una fuerza que hace que todo y todos se queden atrás. Y solo cuando la inevitable oscuridad los alcanza, vemos al hombre roto que intenta recomponer los pedazos de una vida de dolor, errores y arrepentimiento. Suena deprimente pero es tremendamente divertido y esa es una de las grandezas de esta serie, ser capaz de hacer humor a través del dolor, el sufrimiento y la desesperanza. Así que tenemos a un protagonista narcisista y manipulador, un adicto esclavo de sus impulsos que bebe porque no puede vivir consigo mismo, y con estos mimbres la serie construye una conmovedora y divertidísima historia de autodestrucción y reconstrucción, porque Jim es un ser terrible pero también es alguien sensible, inteligente, empático y honesto. Por eso, ese final, tan redondo, tan catártico, tan bien planteado, nos hace sentirnos tan bien.

Lo mejor de Brockmire sigue siendo Azaria en la piel de un ser humano complejo y tridimensional, podría fácilmente caer en la parodia y la iteración sin sentido pero que logra componer un personaje que exuda sinceridad. Merece un reconocimiento por este trabajo. La única pega a esta temporada es la ausencia de Jules, sus apariciones son perfectas y dan sentido a la evolución no solo de Jim sino también de Charles y de ella misma, pero se nota su ausencia y es una lástima porque Amanda Peet está fantástica en este papel.

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