Demasiado buena como para ignorarla

 OJO, ESTE POST CONTIENE SPOILERS DE LA SEGUNDA TEMPORADA

En el último capítulo de la segunda temporada de The Good Fight hay una escena que me encanta y que se relaciona directamente con todas las cosas buenas que tiene la serie del matrimonio King. En ella vemos a los socios mayoritarios de Reddick, Boseman y Lockhart esperar alrededor de una mesa la llamada de Lucca para saber que tal ha ido el parto. Es un momento en el que se palpa el compañerismo y la amistad entre los trabajadores. Vemos que en ese bufete hay relaciones personales sinceras y cargadas de afecto. Lo vimos también cuando un emocionado Boseman regresó al despacho tras el disparo o cuando todos se volcaron en defender a Jay cuando más lo necesitaba, o -en ese mismo episodio – en la conversación, copa de champán en mano, entre Liz, Adrian y Diane. Esa dinámica tan fraternal y humana es algo que poca veces se ve en las series de abogados y que me recordó a los finales de Boston Legal con Deny Crane y Alan Shore en la terraza. Reddick, Boseman y Lockhart son una piña contra el mundo, las presiones políticas, la brutalidad policial, los republicanos, los demócratas, los estafadores, los asesinos. Unidos no solo son más fuertes, son mejores. Fue un acierto que a mitad de temporada se declarase un armisticio y posterior acercamiento de posiciones entre Liz y Diane, la competitividad agresiva de la primera no tenía mucha razón de ser y ahora, como aliadas, es mucho más interesante seguir sus pasos y disfrutar de sus interacciones.

En esta nueva entrega, la serie ha seguido siendo fiel a la actualidad estadounidense y, por extensión, a los vaivenes de la administración Trump dedicando casos y capítulos enteros a asuntos migratorios, escándalos sexuales, racismo, violencia, el movimiento #MeToo, las fake news… Durante trece deliciosos capítulos hemos podido reconstruir el actual estado de ánimo de un país crispado en el que muchos de sus ciudadanos (Diane entre ellos) están al borde de un ataque de ansiedad. Las cifras que titulan los episodios son como el recuento de los días de un secuestro, América ha sido tomada como rehén por las mentiras y la locura, poca esperanza tienen los cuerdos en ese territorio hostil.

Desde ese homenaje tan bien traído a Pulp Fiction hasta el descacharrante parto de Lucca, esta temporada ha estado repleta de momentos de puro genio argumental y estilístico donde la actualidad política siempre ha sido el alimento de las mejores tramas. La arena política es un lugar sangriento en el que lo único que cuenta es la victoria caiga quien caiga y cueste lo que cueste, aunque nuestros principios morales se prostituyan por un puñado de votos a golpe de clickbait. Ya lo dice Ruth, con la vista puesta en noviembre: Los demócratas tenemos que dejar de ser tan pusilánimes, y si para eso tenemos que lanzar a la Lockhart a los leones, lo hacemos y ya está.

La deriva de Diane Lockhart

Este año y durante la primera mitad de la temporada, Diane se ha dejado llevar por la inercia en una realidad que no alcanza a comprender y por la que transita con ayuda de los alucinógenos. Todo lo que sucede a su alrededor le parece irreal empezando por el presidente del país y continuando con la oleada de asesinatos de abogados. Diane ha perdido el equilibrio y la esperanza. ¿Qué hace falta para que reaccione? ¿Qué tiene que pasar para que regrese esa formidable abogada capaz de desarmarte con una sonrisa? El intento de asesinato de su compañero Adrian Boseman en el hall del bufete reactiva a esta mujer devolviéndonos a la Diane más combativa y astuta, a la mujer segura de sí misma que comprende que en el nuevo escenario sociopolítico tendrá que jugar al mismo juego que sus contrincantes. Si la mentira funciona, miente. Si el engaño vende, engaña. Si las fake news son válidas, utilízalas. Y si tienes una Marissa Gold en plantilla, promociónala porque los fans te lo agradecerán.

Entre medias hemos podido seguir el lento proceso de reconstrucción de su relación con Kurt, la recuperación de la confianza (el afecto nunca dejó ese hogar) y de la aceptación mutua, que nos ha dejado una bonita trama y un par de grandes escenas con una Diane más emotiva y vulnerable pero también más conocedora de sus necesidades y sus deseos.

Marca de la casa

Los King hacen los mejores 45 minutos de la televisión actual. Basta ver el capítulo Day 429 (S02E04) en el que seguimos dos negociaciones que se están produciendo en Reddick, Boseman & Lockhart a la vez para darse cuenta de que The Good Fight es una producción con un estilo impecable y un humor negro -con una pizca de cinismo- que es muy recomendable en los tiempos que corren. Como espectadora se agradece poder disfrutar de una serie tan por encima de la media, elegante y sorprendente a partes iguales. Los King logran ser políticos sin dejar de ser divertidos, ser actuales sin caer en amarillismos, crear controversia sin meter la pata; The Good Fight consigue lo imposible y los espectadores queremos más.

Uno de los mayores logros de los King es el de haber creado una realidad que el espectador no solo quiere visionar sino también habitar. Los personajes de The Good Fight desde su gloriosa protagonista, una Diane Lockhart que le ha dado una visibilidad merecidísima a Christine Baranski, hasta los secundarios, son personas creíbles y tridimensionales, con grietas y claroscuros, que los seguidores adoran.

En el concurrido panorama seriéfilo actual, The Good Fight destaca también por su humor. Esta temporada gracias a Lucca Quinn y su inesperado embarazo fruto de su relación con Colin Morello hemos disfrutado de los momentos genuinamente cómicos. El tramo final con el parto en una habitación sacada de una película de los hermanos Marx fue tan surrealista como genial y más si traes a una veterana como Judith Light para interpretar a la madre de Lucca y la enfrentas a la muy incorrecta y muy exagerada madre de Colin. Y hablando de Lucca, su viaje esta temporada recuerda por momentos al de Alicia Florrick. ¿Quiere entrar en política de la mano de su pareja? ¿Debería mudarse a Washington con Colin para ayudarle a perseguir sus sueños? ¿Sería feliz con esa clase de vida? Está claro que Lucca no es la típica mujer de un político como lo fue Alicia en su momento, no es lo que desea y le gustan demasiado su trabajo y su independencia como para consagrarse a la cruzada de otro. Así que ¿qué futuro le espera a esta relación? Lo que nos queda claro es que a Lucca su amistad con Maia y Marissa la hace feliz. Ese plano en el que la vemos sonreír al reconocer el coche de sus amigas aparcado frente a su casa es maravilloso porque nos recuerda lo importante que son las relaciones entre mujeres en The Good Fight y nos abre la puerta a un mundo de posibilidades en el que ellos no tienen porque aparecer en la foto.

El único pero que le pongo a una temporada de sobresaliente es la desaparición paulatina de Rose Leslie (Maia Rindell). Su personaje se ha ido desinflando desde la finalización de la trama Rindell y sin ese caso, Maia se diluye cediendo espacio a Marissa, personaje que ha ido ganando peso y protagonismo a lo largo de los trece capítulos que componen esta segunda entrega.

Antes de finalizar un apunte, una vez más el nivel de los invitados sigue estando a la altura de lo que la serie requiere y siempre es un placer encontrarse a gente como Dylan Baker, Carrie Preston, Margo Martindale, Alan Alda, F. Murray Abraham, Matthew Perry, Gary Cole, Jane Lynch o Michael Ian Black en las calles de Chicago.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

A %d blogueros les gusta esto: