El combustible narrativo de la nostalgia

Llevamos unos meses inmersos en una burbuja seriéfila de nostalgia que parece estar muy lejos de estallar. Si el verano pasado, Stranger Things nos hizo recordar cómo nos sentimos al ver por primera vez películas como ET, The Goonies o Star Wars; con su segunda temporada la serie de los hermanos Duffer espera repetir la jugada a base de referencias pensadas y dedicadas a esa generación que nació en las postremerías de los setenta.

A Stranger Things, producto televisivo de nuevo cuño creado para sintonizar con toda una generación de treintañeros, hay que sumarle regresos tan inesperados como deseados: The X Files, Twin Peaks, The Gilmore Girls o Will and Grace. Resurrecciones que han hecho las delicias de los fans y que han coincidido con el estreno en la gran pantalla de Blade Runner 2049, con Harrison Ford retomando el icónico papel de Deckard y Ryan Gosling intentando consagrarse como estrella ya no de primera categoría sino de culto. 2017 es el año de la nostalgia por derecho propio.

La morriña por el pasado vende y eso se plasma tanto en la gran como en la pequeña pantalla. En cuanto a las series de televisión hemos visto como en los últimos dos años se han ido recuperando viejos amigos y conocidos como MacGyver que revivió en la piel de un joven veinteañero o se han dado oportunidades a series que, evidentemente quemaron hace tiempo su ciclo vital, como 24 o Prison Break. Incluso tenemos adaptaciones de películas famosas al formato televisivo, como ejemplo, Arma Letal y El exorcista. La nostalgia como combustible narrativo puede ser efectiva pero por sí sola no funciona, si no va acompañada de una buena historia y de unos personajes con gancho estaremos ante un ejercicio de recuperación vacuo cuya única significación será económica.

Pero ¿por qué funciona la nostalgia? Pues porque nos traslada en el tiempo, porque nos trae recuerdos de una época más sencilla y feliz. Apelar a los sentimientos es una jugada de éxito casi seguro y más si tenemos en cuenta que aquellas series de televisión y películas han sido vistas por millones de personas. No obstante, la nostalgia no funciona con todo el mundo porque para aquellos nacidos a mediados de los noventa McGyver es un completo desconocido, no forma parte de su construcción cultural, no es un referente. Es imposible conectar con esa parte del yo que se siente reconfortada ante la visión de lugares y estructuras comunes, que reconoce los asideros narrativos en los que se sostiene la nueva propuesta y que disfruta con la búsqueda de referencias. Puede que encuentren diversión en el nuevo McGyver pero no sentirán lo mismo que aquellos que se criaron siguiendo las aventuras de este personaje. Los que tenemos más de treinta años hemos crecido y madurado con esos referentes culturales y para muchos de nosotros Jessica Fletcher y Sophia Petrillo son como de la familia.

Entre secuelas, prolongaciones, remakes, revivals, etc; la nueva televisión está repleta de vieja televisión. Vaya por delante que esto no es sinónimo de falta de originalidad sino síntoma de una tendencia creciente que, como todo, alcanzará un pico antes de disminuir pero que de momento nos permite disfrutar de productos que no sólo intentan entretenernos sino que juegan con la ventaja de la implicación emocional de toda una generación. Aún así, ese publico adulto también supone un reto porque, en principio, es un consumidor que ha madurado y evolucionado con los años, y al que hay que ofrecerle algo más que esa nostalgia -combustible que alimenta la emoción- que gusta y entretiene pero que tiene fecha de caducidad.

Volviendo a Hawkings, Indiana

El éxito de la primera temporada de Stranger Things, que a todos nos cogió por sorpresa, está justificado porque es una carta de amor a esa década, la de los 80, que nos dejó un buen puñado de producciones y referentes que son considerados clásicos de culto como Star Wars, Indiana Jones, Dragones y Mazmorras, las obras de Stephen King, el terror de John Carpenter o Alien. A esto hay que sumarle una buena dosificación de la tensión y de los golpes de efecto, y cierta fascinación por una Winona Ryder pasada de rosca (más en la segunda temporada). Y ojo, que la Ryder no está ahí por una arriesgada decisión de casting, esta mujer es la nostalgia hecha carne y por muy ameno que sea verla con otro insigne representante cinematográfico de aquella década (Sean Astin) y gritándole a Paul Reiser -que no olvidemos se paseó por Beverly Hills Cop, Aliens y la serie Two Dads en los ochenta antes de recalar en Mad About You en 1992 -, lo cierto es que ella no es más que la representación física del concepto sobre el que se cimienta toda Stranger Things, la nostalgia.

En su segunda temporada la serie demuestra las flaquezas de apostarlo todo a la añoranza de una época que, a este paso, vamos a terminar quemando. Seguimos ilusionados por el juego referencial y sonreímos con Ghostbusters, Terminator y demás pero lo endeble de su argumento y sus defectos y limitaciones son más patentes este año. ¿Es eso algo malo? No tiene porqué, en conjunto sigue siendo efectiva aunque se le vean las costuras. La serie de Netflix es, desde el VHS hasta Winona, un entretenimiento digno, un festival de referencias pop que brilla con intensidad mientras arde el fuel de la añoranza. En cuanto eso se consume, finaliza el hechizo de Once y su pandilla. No le voy a negar el encanto a Stranger Things, yo que devoré la primera temporada en un fin de semana, pero tampoco puedo decir maravillas sobre ella más allá de que el entrañable, divertido y nostaĺgico juego de referencias ha demostrado ser tan efectivo como adictivo.

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