Noragami Aragoto, la redención del dios Yato

Si hace poco os comentaba lo mucho que me disfruté con Noragami preparados para lo que viene: Noragami Aragoto es la segunda entrega de las aventuras del dios Yato y, a muchos niveles, es mejor que la primera. Estamos ante una secuela que supera a su original y que deja las piezas preparadas para una posible tercera temporada.

CUIDADO, SPOILERS DE NORAGAMI ARAGOTO

Antecedentes

Yato, una deidad menor, sueña con tener millones de seguidores pero ni siquiera tiene un templo. Pasa el día realizando diferentes trabajos para ahorrar dinero y construir uno acompañado por su Tesoro Sagrado, Yukine, y la joven Hiyori, una humana que es mitad fantasma desde que un autobús la atropelló intentando salvar a Yato.

Si la primera temporada se centro en el desarrollo de la relación entre estos tres personajes y en el proceso de adaptación de Yukine como Tesoro Sagrado. La segunda temporada, que comienza en el mismo punto en el que acaba la primera, se divide en dos tramas principales: el conflicto entre Bishamon, la diosa guerrera, y Yato; y el arco de Ebisu, uno de los dioses de la fortuna.

Noragami Aragoto mejora el material anterior dándole más profundidad y complejidad a sus personajes, desarrollando más el mundo de los dioses y creando una historia con varias capas que admiten más de una lectura y que descubren al espectador las complejidades de las naturalezas humana y divina. Esta secuela recoge los puntos fuertes de su predecesora y los potencia mientras que alivia los defectos de manera efectiva para regalarnos una excelente continuación de las aventuras del dios Yato.

Bishamon vs Yato

El primer tramo centrado en el conflicto entre Bishamon y Yato nos permitirá conocer mejor a esta deidad de cabello rubio y ojos violeta, a sus numerosos tesoros sagrados -en especial a Kazuma- y profundizar en la relación que se establece entre un dios y sus tesoros.

La diosa guerrera, miembro de los Siete Dioses de la Fortuna, odia a Yato desde hace siglos pues le culpa de la masacre de su clan, formado por decenas de Tesoros Sagrados. El rencor de Bishamon es tan profundo que no quiere, ni puede, asumir la verdad de todo lo que pasó entonces. En la actualidad, la muerte de unos de los Tesoros Sagrados siembra la duda y el miedo entre el clan de Bishamon. La ‘traición’ de Kazuma y su exilio provocan una enorme inestabilidad en el hogar de la diosa mientras, desde la sombra, alguien está moviendo las piezas para destruir su hogar.

La fuerza de esta trama radica en dos conceptos: la historia se repite y aceptar el dolor como parte de la vida. Para Bishamon perder a uno de sus Tesoros Sagrados es terrible, una experiencia traumática por la que no quiere volver a pasar, esto le impide ver las señales que indican que está cometiendo los mismos errores de antaño. El dolor forma parte de la vida, puede permitirnos entender muchas cosas y puede ayudarnos a aprender. Sin embargo, la relación entre Bishamon y sus Tesoros Sagrados es artificial y falsa, nadie puede sufrir porque eso haría daño a su diosa. La presión que eso conlleva es tremenda, la idea de proteger a alguien del dolor es noble pero al desconocer el sufrimiento de sus Tesoros Sagrados, Bishamon es incapaz de enmendar y mejorar su relación con ellos. Así que la situación, inevitablemente, tiene que llegar a un punto de ruptura.

Durante estos capítulos Bishamon disfruta de tanto tiempo en pantalla como Yato, así conocemos más al personaje y acabamos empatizando con su sufrimiento y admirando su fortaleza y generosidad. En este arco se escudriña un poco en el pasado de Yato, un pasado en el que se dedicaba a matar acompañado de Nora y que, por lo que sabemos, se esfuerza en dejar atrás. En estos episodios también se consolida la relación de Yukine y Yato gracias, en gran parte, a la transformación que sufre el joven al enfrentarse al arsenal de Bishamon. Este es sin duda la mejor de las tramas de la temporada ya no solo por lo bien ejecutada que está sino por la evolución emocional de los personajes principales de la misma (Bishamon, Kazuma, Yukine).

El arco de Ebisu

Ebisu es uno de los Siete Dioses de la Fortuna, su trama no es tan redonda como la de Bishamon pero su participación en la historia es esencial para el progreso de Yato como personaje. Aunque al principio parecía que Ebisu iba a ser el nuevo enemigo a batir, la serie nos sorprende con dios benévolo y caritativo, dispuesto a morir las veces que haga falta para ayudar a la humanidad. Ebisu está obsesionado con controlar a los fantasmas, un proceso en el que lleva invertidas varias vidas. Su objetivo es poder manejarlos para proteger a la gente. Así que se marcha al Inframundo en busca de un artefacto que le permita lograrlo. Este dios lo ha sacrificado todo, vidas, posición, poder, con tal de ayudar a las personas. Desde pequeño, en cada reencarnación, ha vivido preocupado por hacer felices a los demás.

Mientras, la vida de Yato parece mejorar a pasos agigantados gracias al equilibrio de Yukine, su amistad con Hiyori y el fin del enfrentamiento con Bishamon pero Nora reaparece en su vida para arrastrarle por el mal camino y obligarle a seguir las instrucciones de su padre. Tras semanas actuando como dios de la calamidad, acaba en el Inframundo para rescatar al dios que controla a los Fantasmas, es decir, a Ebisu. El encuentro tiene un profundo efecto en Yato, sorprendido por la bondad y capacidad de sacrificio de Ebisu decide que el quiere ser esa clase de dios, de los que hacen felices a las personas.

A través de esta trama se profundiza más en el pasado del protagonisma, en sus orígenes, en su relación con Nora y se abren nuevos interrogantes sobre su tiempo como dios de la calamidad y su familia. Conocer mejor su pasado nos ayuda a comprender su actual estado emocional, sus reacciones, sus miedos y anhelos. Además, enmarca magníficamente la importancia que tiene para él su relación con Yukine y Hiyori. En este arco entenderemos por fin la importancia de que exista una persona (Hiyori) que crea y recuerde a Yato, una persona que le siga y le aprecie tanto como para construirle un templo -aunque sea pequeño-. Yato exhibe un evidente desarrollo en el tramo final de la serie y todo es gracias a la influencia de Ebisu y el impacto de sus acciones en su vida.

Resumiendo

En general, la temporada está más cargada de acción y drama, algo que echábamos en falta en la primera entrega. Además, en esta ocasión el protagonismo se reparte entre nuestros tres protagonistas y Bishamon, Kazuma y Ebisu; se amplia el radio de acción de la historia implicando tanto al Cielo (el Takamagahara) como al Inframundo ayudándonos a comprender mejor las políticas y leyes divinas.

En líneas generales, Noragami Aragoto es superior en términos de contenido argumental y de profundización de los personajes, un aspecto por el que la serie destaca. Me encanta ver la constante y natural evolución de los personajes y cómo les afectan los eventos y relaciones que establecen. La relación entre Yato, Hiyori y Yukine es más estable y profunda que nunca, y gran parte del encanto de Noragami es esa amistad que para Yato es, simplemente, lo más importante de su existencia. Es evidente que muchas de las acciones de este dios están impulsadas por el miedo a perder a sus amigos por eso no es de extrañar que nunca hable de su pasado. De hecho, el final de la temporada está en consonancia con esa necesidad de mejorar y de mantener la amistad y el aprecio de Hiyori y Yukine, por eso libera a Nora cerrando así la puerta a su pasado e iniciando un nuevo capítulo de su vida. Una nueva etapa vital inspirada por el sacrificio de Ebisu.

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