La comedia de la clase trabajadora

Hubo un tiempo en el que me gustaba Modern Family aunque siempre me costó conectar con sus personajes porque su realidad no se parece en nada a la mía y veía sus problemas -tan blancos, tan progres, tan del primer mundo – bastante poquita cosa comparados con los que acechaban a los Heck en The Middle o a los DiMeo en Speechless. Así que implicarme emocionalmente con los Pritchett y los Dunphy se me hizo cuesta arriba hasta que llegó el día en que dejaron de hacerme gracia y la atención que les dedicaba fue decreciendo hasta desaparecer. No es que la serie hubiese perdido chispa o ingenio, simplemente no podía empatizar ni preocuparme por unos personajes cuyo mayor dilema existencial era si pasar las vacaciones en Hawai o Australia.

Siempre he creído que la comedia americana alcanza sus mayores cotas de ingenio y perfección cuando se centra en la clase obrera, en los desheredados, en los triturados por el sistema. Roseanne (1988-1997) es una de mis series favoritas porque reconozco la desesperación de sus problemas financieros, su miedo a la pérdida de empleo y su falta de expectativas. Por eso mismo me gustan The Middle y Speechless, y considero que Superstore es mucho más que una comedia coral en un hipermercado y, por lo mismo, Malcolm in the Middle siempre me arranca una sonrisa.

Sinceramente, estoy más cerca de la Amy de Superstore de lo que nunca estaré de la Claire de Modern Family; también me identifico más fácilmente con las Frankies -tanto la de The Middle como la de SMILF – que con los personajes de New Girl. El reconocimiento, la comprensión y la empatía son fundamentales para establecer conexiones emocionales con los personajes y su serie. Me es fácil comprender las motivaciones e impulsos de Bonnie y Christy en Mom; y disfruto mucho más con los problemas familiares de Young Sheldon de lo que lo hice en su momento con The Big Bang Theory.

Estas comedias, esas familias, esos personajes miembros de la clase trabajadora son la realidad de un país donde actualmente una gran parte de la población elige no tener hijos porque no es económicamente viable, donde no todo el mundo tiene acceso a una educación o una sanidad decente, donde existe una epidemia de opiáceos como nunca ante se ha visto; una realidad fracturada política, social y económicamente que algunas comedias están abordando con valentía y mucha autocrítica.

La voz de los blue-collar

El estreno del defenestrado revival de Roseanne congregó a 18 millones de espectadores cifras que en estos tiempos pocas series alcanzan. Puede que la inclusión de un discurso proTrump tuviese mucho que ver en esa audiencia pero creo que ese dato refleja un síntoma: la gente quiere ver a la clase trabajadora en televisión porque es más fácil reconocerse en ella que en un grupo de amigos de Manhattan cuyo mayor problema es conseguir mesa en un restaurante chino.

Es importante que la gente tenga espacios televisivos en los que se sienta representada a nivel familiar y a nivel económico, series en las que reconocerse y personajes con los que empatizar. Si hacemos un pequeño repaso histórico, las series centradas en la clase trabajadora siempre han contado con la simpatía del público. En los setenta, All in the Family fue una serie tremendamente popular que habló de temas controvertidos para la época como el aborto, la violencia sexual o el racismo. En los ochenta Roseanne y Married… with Children abordaban las dificultades de la clase obrera con un humor ácido e hiriente. En los noventa Malcolm in the Middle fue la justa heredera de esta tradición y a partir de 2004 podemos nombrar a Raising Hope o Everybody Hates Chris para llegar a hoy donde encontramos títulos como One Day at a Time, Superstore, The Conners o Mom. La televisión debe ser un espejo del mundo que habitamos, donde todos nos sintamos representados e incluidos. 

Todd VanDerWerff escribía en 2012 sobre la falta de sitcoms centradas en la clase trabajadora sugiriendo, además, que algunas en emisión en aquel momento evitaban la conversación sobre cómo se las apañan económicamente los personajes. Volvemos a Friends y la imposibilidad de pagar esos apartamentos tomando café todo el tiempo.  Para VanDerWerff la pérdida de las comedias blue-collar es un fenómeno similar al progresivo blanqueamiento y predilección por la juventud de la televisión. Las comedias están plagadas de personajes blancos de entre 20 y los 40 que no se dedican a nada en particular pero que salen mucho, hablan más y no tienen dificultades económicas aparentes.

Cuando la gran crisis del 2007 llegó la televisión no estaba preparada para mostrar el colapso social que iba a acarrear, en parte porque la gente de la industria del entretenimiento era inmune a ella, no se vieron afectados por ese retroceso económico; en parte porque las dinámicas de la industria siguen buscando el nuevo Friends. Modern Family, estrenada en 2009, es un ejemplo bastante claro. La serie debutó en plena crisis económica y los Dunphy parece que no sintieron ni un leve estremecimiento en sus cuentas bancarias y eso que Phil se dedica a vender casas cuando nadie quería comprarlas y Claire no tenía empleo. 

En The Big Bang Theory, Frasier o Will & Grace (glorioso regreso) la gente no trabaja en fábricas, no tienen problemas de salud que no pueden afrontar por carecer de seguro médico, no viven en una constante inestabilidad financiera que les impide viajar, hacer planes, comprar lo que les apetezca o salir a cenar una vez por semana. Son series sobre realidades que para muchos resultan una fantasía. En este sentido tampoco podemos obviar cómo lo material nos cuenta una historia sobre los personajes. Hay series que no podrían ser lo que son ni contar lo que cuentan si el estado económico de sus personajes fuese diferente. Modern Family no se entendería sin ese exceso consumista que promueven las tres familias, Friends no sería lo mismo sin el glorioso apartamento de Monica pero tampoco la historia de los Gallaghers podría contarse desde una casa confortable en las afueras de Chicago o la sobriedad de las Plunkett con la despreocupación económica de Karen Walker. 

Si miramos alrededor no hay suficientes series sobre cómo es vivir con lo básico, conduciendo un coche con plásticos en las ventanas, luchando contra el goteo constante del grifo de la cocina, rebuscando cupones de comida antes de ir al supermercado, remendando la ropa de los mayores para los más pequeños de la casa. The Middle era una de las pocas series actuales que hablaba sin tapujos de estos temas centrando gran parte de sus tramas en las dificultades monetarias de una familia que sobrevive, como puede, en la América más olvidada y menos cinematográfica. Como espectadora me gusta ver a alguien que pasa y sufre problemas comunes, reales y reconocibles pero no desde un cariz dramático y negativo. Por eso necesitamos más comedias sobre la clase obrera para descargar el peso de esas preocupaciones durante 20 minutos. 

Los Sobotka de la comedia

Dos de las comedias que mejor representan a los blue-collar son Married…With Children y Roseanne, ambas coincidieron en el tiempo y fueron la respuesta natural al largo mandato de Reagan, una época muy negra para la clase trabajadora norteamericana. La presidencia de Ronald Reagan fue hostil, sin disimularlo si quiera, con la clase media trabajadora que se sufrió los efectos de una recesión económica brutal, la pérdida de poder adquisitivo y una progresiva pérdida de derechos laborales. Michael Moore recuerda que el golpe de gracia para la dignidad del trabajador americano fue el despido de los afiliados del sindicato de Controladores del tráfico aéreo y la declaración de ilegalidad del sindicato por llevar adelante una huelga de dos días. Esto fue en agosto de 1981, a partir de ese momento se pisoteó la escasa dignidad del trabajador con despidos masivos y procesos de deslocalización industrial. Los sindicatos perdieron poder y seguidores, los trabajadores vivían en un estado de precariedad crónico que pasó a la siguiente generación y zonas enteras del país se desdibujaron tras el cierre de las fábricas al perder no solo riqueza y población, sino también parte de su identidad. Frank Sobotka, el personaje de The Wire, es un ejemplo de ese proceso, él representa a los trabajadores que intentan resistir ante un sistema que juega la partida con todos los ases en la manga. 

Tras el sometimiento de los blue-collar en los ochenta, era natural que apareciesen productos televisivos que los reivindicasen y que sirviesen como contraposición a las series de ricos como Dinasty o Dallas. En los 90 esto se perdió, se dice que Cheers impuso el cambio de rumbo al centrarse en la evasión de la realidad económica pese a que sus protagonistas pertenecían a la clase trabajadora. Más adelante, el bloque duro de comedias de la NBC (Seinfeld, Will & Grace, Frasier y Friends) nos vendió una fantasía financiera, un mundo de gente joven, blanca, sin problemas para encontrar trabajo y sin apuros financieros.

Desde el cambio de milenio hemos tenido notables ejemplos de sitcoms centradas en los blue-collar: One Day at a Time, Superstore, Bob Burguer, Malcolm in the MiddleEverybody Hates Chris, Mom, Speechless, SMILF, Fresh Off the Boat, Raising Hope y It’s Always Sunny in Philadelphia, pero no ha sido hasta el regreso de Roseanne que se ha vuelto a hablar de la importancia de este tipo de series donde la comedia nace de las tensiones de la vida de la clase trabajadora y no a expensas de los personajes o su clase social. En The Middle se hacían reflexiones sinceras, divertidas y complejas sobre los esfuerzos por mantenerse a flote. Roseanne, y ahora The Conners, nos muestra que la pobreza se hereda, el paso del tiempo explora una noción que el sueño americano niega por sistema; Mom afronta con mucha valentía los problemas de adaptación de los adictos y la perspectiva que aporta Speechless es tan valiosa como necesaria.

La sitcom de la clase trabajadora no está muerta pero si ha estado desaparecida e infravalorada demasiado tiempo. Disfrutemos de los frutos de la actual cosecha televisiva y esperemos que no tengan que pasar veinte años y un revival de Malcolm in the Middle para acordarnos de lo necesario que es este tipo de series y su discurso. 

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