Jim Brockmire sin alcohol

   La tercera temporada de Brockmire remata la jugada con una secuencia repleta de optimismo, esperanza y dignidad; muy alejada de ese cinismo y misantropía que han sido rasgos identitarios del personaje que da titulo a esta comedia del canal IFC.

Tras un año de sobriedad, el excéntrico locutor deportivo Jim Brockmire lleva una vida aparentemente tranquila en Florida. Asiste a sus reuniones de alcohólicos anónimos, tiene una madrina interpretada por Martha Plimpton, una nueva compañera de trabajo con la que acabará forjando una improbable amistad, un jefe con cáncer terminal (qué gusto ver a J.K. Simmons junto a Azaria, dos de las mejores voces del cine americano) y una mascota de más de cien años llamada Clemenza en honor a The Godfather.

Entre los nuevos personajes encontramos a Gabby Taylor (Tawny Newsome), una antigua campeona de sóftbol que se incorpora como locutora a la liga de béisbol. Al principio parece que ambos personajes están condenados a no entenderse pero los sinceros intentos –con sus meteduras de pata- de Jim por congraciarse con ella acaban dando lugar a un estrecho vínculo que, en el cierre de la temporada, adquiere una sorpresiva fuerza y significado, y más en la era del MeToo y de Trump. Por su parte, JK Simmons se pone en la piel de un cabrón con un pie en el otro mundo. La ferocidad y agresividad de su Matt ‘The Bat’ Hardesty da paso a unas escenas de desarmante sinceridad en las que Jim y él reflexionan sobre el paso del tiempo, la muerte y el sexo. El duelo interpretativo -y vocal- entre Simmons y Azaria es una delicia, y estos amienemigos encuentran cierto confort y sosiego en sus charlas permitiendo a Brockmire ver con más claridad los pasos a seguir en su reconstrucción como persona, locutor, amigo y hermano. Cierto que la serie pierde como regulares a Amanda Pett y a Tyrel Jackson Williams, que aparecerán puntualmente durante esta tercera entrega, pero las nuevas adquisiciones son lo bastante interesantes como para no echarlos demasiado de menos.

Tras una estupenda segunda temporada con un final emotivo que daba pie a la evolución del personaje, la tercera entrega se deleita en el largo y complicado proceso de reinserción social de Jim y en sus problemas con la sobriedad, la sinceridad y el mantener relaciones sanas, significativas y sinceras con sus iguales y familiares. Para alguien tan inmaduro no será fácil reubicarse en el complejo tapiz emocional del siglo XXI, Jim carece de las habilidades sociales básicas que te aporta la madurez, no siente vergüenza y no tiene miedo a las consecuencias; para él todo fue una carrera hacia delante regada de bourbon y completada con drogas y sexo; así que la vida en sobriedad le supone todo un reto físico y emocional. La abstinencia no será algo sencillo y menos para alguien que ya en su segunda temporada se preguntaba si la gente solo lo quería cuando estaba borracho. Enfrentarse a ese miedo, a no ser amado, al rechazo, a la duda constante, es algo que le atormenta. Perder a Jules, la ausencia de Charles, el enfado de su hermana, sus problemas en el trabajo y una madrina de armas tomar (Martha Plimpton es un tesoro) no le pondrán fácil la rehabilitación. Es más, será a través del fracaso, la tentación y la confrontación lo que le permitirá alcanzar el equilibrio y la sensatez necesarias para sobrevivir a su primer año sin resacas.

Los esforzados intentos de Brockmire por ser un buen compañero de trabajo y amigo para Gabby demuestran el interés que tiene en entablar conexiones humanas significativas y duraderas, algo a lo que no está acostumbrado y que peligra por culpa de su afilada lengua y su falta de límites, este locutor de mediana edad tan pronto te habla de las maravillas del béisbol como de sus orgías en el sudeste asiático regadas de alcohol y droga. Para él es complicado actuar dentro de los límites socialmente establecidos, aún no ha aprendido a despojarse de su dolor y de su ego para dar cancha a los demás en su narrativa. Todo forma parte de un largo proceso y la tercera temporada nos introduce en el mismo sin perder de vista la esencia y el atractivo de su personaje principal. Puede que Jim esté más sano, más centrado y menos resentido pero su sobriedad y todo lo que de ella depende viven a un chupito de vodka de la aniquilación. Si durante dos temporadas eran los excesos los que parecían dar vida al personaje, este giro de 180 grados puede resultar un cambio demasiado grande para los seguidores pero lo cierto es que Brockmire sigue siendo él y la serie mantiene su esencia introduciendo la sobriedad en la historia pero no haciéndola el centro de la misma. No toda la vida de Jim gira alrededor de su proceso sanador aunque ese proceso afecte a toda su vida. Es más, si pensábamos que Jim sería menos irrespetuoso, brillante e irreflexivo sin una copa en cada mano, estábamos equivocados, las decisiones sin bourbon corriendo por las venas pueden ser tan o más alocadas que las que se toman en plena orgía etílica.

Todo son cambios en esta tercera entrega, Brockmire también traslada su escenario dejando atrás la convulsa Nueva Orleans y abrazando la soleada Florida. Todo cambia pero la comedia continúa en el ADN de esta serie mientras fuerzan al personaje a evolucionar sacándole de esa larga noche de borrachera y resaca en la que tan a gusto se encontraba. Jim se ve forzado por las circunstancias y el programa de Alcohólicos Anónimos a preocuparse por alguien que no sea él, a empatizar, a escuchar y, finalmente, a cuidar de otras personas. Es raro ver una comedia tan cortita (ocho capítulos) ir a lugares tan tristes sin dejar de hacer sonreír al espectador y llevar a su personaje principal a un proceso de introspección coherente y -en este caso- sanador sin perder nunca la esencia que hace de Jim Brockmire uno de los seres más complejos, interesantes y salvajemente divertidos de la pequeña pantalla. Un aplauso porque logran cambiarlo todo sin dejar de interesar al espectador.

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