El sophomore de Tig Notaro

  One Mississippi es una pequeña y realista golosina agridulce con historias sobre gente común en situaciones cotidianas que, en algún punto, son graciosas pero que, en otros aspectos, pueden ser muy duras. Emocionalmente es una montaña rusa que concentra en 30 minutos lo mejor y lo peor de los seres humanos. Encontramos belleza y bondad en sus personajes pero también tristeza, cobardía y maldad en el mundo que los rodea. Cierto que One Mississippi se vende como una comedia pero se trata de un relato que no tiene miedo a enfrentarse a temas delicados. Este año la serie se vuelve un poco más oscura al tratar el abuso infantil, el acoso sexual, el racismo y la homofobia; y pese al desarrollo de tres grandes romances, cada uno único y diferente, One Mississippi nos recuerda que el dolor es una constante en la vida de las personas y que aprender a vivir con él y/o a superarlo es una lucha constante en la que no se ganan todas las batallas.

En la segunda temporada, Tig (Tig Notaro), su padrastro Bill (John Rothman) y su hermano Remy (Noah Harpster) siguen adelante con sus vidas tras el fallecimiento de la madre de Tig y Remy, acontecimiento con el que arranca la primera temporada. Este año la estructura de la serie se ha fundamentado en tres tramas románticas, una para cada miembro de la familia de Tig, en los abusos sexuales y en el ambiente político que se respira en el país. Parecía imposible equilibrar elementos tan dispares y considero que establecer estos puntos narrativos como anclaje de la temporada sin descarrilar es toda una proeza.

El amor en Mississippi

En esta segunda entrega tanto Tig como Remy como el adorable Bill encuentran a alguien, conectan con alguien. Pero eso del amor es un cosa complicada, ¿verdad?

La historia de amor de Tig es la que tiene, o desea tener, con Kate, la copresentadora de su programa de radio. Tig tiene claro lo que siente, vive su sexualidad abiertamente sin pedir ni permiso ni disculpas (no todo el mundo tiene ese valor). Para Kate es diferente, a lo largo de la temporada es evidente que siente algo por su compañera de trabajo pero esa emoción se contradice con la idea que tiene de sí misma, con su esquema de como son las cosas. Es interesante seguir su evolución emocional, de la sorpresa inicial al darse cuenta de sus sentimientos a la duda (la escena viendo The L Word es un puntazo), pasando por la negación y el resentimiento -parece que en cierto punto siente envidia por la libertad con la que Tig es capaz de vivir- hasta la aceptación y posterior confesión al objeto de su afecto.

Remy sigue dando tumbos sin rumbo fijo. Su encuentro con Desiree, una mujer diametralmente diferente a lo que siempre ha querido, le impulsa a tomar decisiones a todas luces precipitadas y erróneas. No obstante, quitando lo acelerado de la relación, creo que en la misma subyace un auténtico afecto entre dos personas que, a su manera, siempre han estado a la deriva y solas. Puede que la devoción de Desiree por Remy parezca exagerada y artificial, fruto de las malas experiencias previas de ella con los hombres, pero el hermano menor de Tig es un hombre sensible que necesita apoyo y cariño y que está deseoso por compartir todo su amor con alguien. Aunque a priori pareciera una relación destinada al fracaso, puede que el destino sí quiera que esta vez la cosa funcione.

Pero, sin lugar a dudas, la historia más bonita y mejor trabajada de la serie es la de Bill y la agente de seguros Felicia, una mujer a la que conoce tras un incidente en el ascensor. Felicia y Bill comparten una visión del mundo organizada y práctica, y hablan con la misma precisión y economía de palabras. Sus escenas juntos son deliciosas, dos personas que se complementan y entienden, interpretadas por dos actores que ponen toda su inteligencia, humor y capacidades para construir una química muy especial.

Un año más, John Rothman se hace con la serie y es Bill el que se lleva el gato al agua. Su interpretación sigue siendo perfecta y los guionistas le han regalado no solo una historia de amor que merecería convertirse en película sino una evolución emocional y un final de temporada de primera clase; unas escenas para que Rothman saque a relucir todo su potencial dramático y deje al espectador con lágrimas en los ojos y un nudo en el estómago. Bill con su obsesión por el aire acondicionado, su manera apropiada de cargar el lavaplatos, su puntualidad británica, su interés por aprender, sus análisis en el club de lectura, su exquisita educación, su pragmatismo y rigidez es una fuente constante de humor pero hay mucho más en el personaje y los guionistas exploran las posibilidades del mismo fuera de su zona de confort con gran acierto.

No es fácil hablar de abusos sexuales

Más allá del amor y las relaciones, el tema central del sophomore de One Mississippi es el abuso sexual. Durante los seis capítulos planea la sombra del abuso y la experiencia de Kate en el quinto episodio espolea a Tig para hablar con franqueza de su pasado. Hay algo muy poderoso en el discurso del personaje cuando recuerda los abusos de su abuelo, una persona a la que quería y en la que confiaba. Desde la primera temporada sabemos que Tig sufrió abusos por parte de su abuelo, el padre de Bill, y que Remy fue testigo de dichos abusos.

Si durante su primer año la serie hablaba de la muerte y el duelo, de la enfermedad y el proceso de curación tanto físico como mental, en este segundo año se explora cómo el trauma del pasado afecta a las vidas y relaciones de los Bovaro. Tig lo afronta compartiendo su historia en la radio, Remy asume – después de tantos años – que él también fue una víctima; y Bill carga con la culpa de querer a un padre capaz de hacer algo tan terrible y se culpa por no haberlo visto (también es una víctima). One Mississippi trata este tema con respeto y seriedad pero nunca abruma, es decir, esta no es la serie de la mujer que sufrió abusos de niña, ni todo se focaliza en aquellos hechos. Lo que logra es hablar con franqueza sobre los abusos sexuales y el acoso, abre el debate e invita a la reflexión; siendo, además, una de las pocas series capaces de ser honestas a la hora retratar los efectos de los abusos y el acoso sobre las víctimas y sus familiares.

Remy, por ejemplo, intenta ocultar su dolor pero su fracaso vital está vinculado a las experiencias de su infancia y se manifiesta en el presente con sus problemas para tener una vida sexual plena con su pareja. Encuentro que es muy reveladora la conversación entre Desiree y Remy, cuando él reconoce que presenció los abusos y que no pudo ni supo parar aquello. Compartir la verdad y el dolor es duro y difícil, es algo aterrador, tememos el rechazo, la incomprensión, la culpa… pero si lo que encontramos es aceptación, comprensión, una persona que nos escucha; daremos el primer paso en la dirección adecuada.

Durante toda la temporada Tig se sienta en su trono de superioridad emocional, creyéndose más madura, más sincera y más en conexión con sus sentimientos que Kate. Sin embargo, al final, tras compartir sus experiencias con su público, se da cuenta de que no lo ha superado, debe seguir trabajando en ello. Esa pequeña epifanía es una luz que quiere compartir con su hermano y con Bill, su padrastro es un hombre que se resiste al cambio y al que le cuesta expresar sus emociones, lo que le pasó a Tig le afectó profundamente, más de lo que quiere y puede admitir, por eso sabe que debe seguir el consejo que le dan tanto Felicia como Tig y abrirse. Acudir a terapia será el primer muro que Bill tendrá que derribar Bill, solo espero que Felicia siga a su lado.

La América de Trump

One Mississippi se desarrolla en uno de los estados proTrump (el resultado de las urnas fue de un 39.7% para Clinton y un 58.3% para Trump), y no tiene reparos a la hora de mostrar los prejuicios de la sociedad en la que sus protagonistas viven, reconozco que la serie me gusta más cuando da cuenta de lo complicado que lo tienen las personas más progresistas en entornos conservadores y cerrados. Veamos, por ejemplo, lo que sucede con el programa de radio de Tig, es aceptado, tiene oyentes pero los anunciantes huyen despavoridos cuando hablan del acoso sexual o la sorpresa que se lleva Tig al saber que el día de Martin Luther King en Biloxi ha pasado a llamarse el Día de los Grandes Americanos y que engloba a Robert E Lee.

Es evidente que este año la sala de guionistas no ha querido olvidar quien está en la Casa Blanca y cómo el reinado de Trump transmite a ciertos sectores de la población la noción de aprobación que necesitaban para dejarse ver. Machismo, racismo, homofobia… la peor cara de América sale a relucir. En una escena terrible una recepcionista trata de detener a Tig a la entrada del hospital porque es homosexual. ¿No es increíble? La respuesta de Bovaro a esta situación no tiene desperdicio, pivotando entre la ira contenida y el humor como arma de destrucción masiva.

Y a lo largo de los seis capítulos encontramos banderas rojas que nos advierten de que pese al brillante sol, los elegantes salones de café, las colectas, las iglesias, los estupendos locales de música y las barbacoas, hay algo oscuro y peligroso que late en el corazón de América.

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