Ahórrate la segunda temporada de Goliath

 

Consideré necesario ver toda la segunda temporada de Goliath para poder hacer una crítica fundamentada del desastre. Aunque el primer capítulo apuntaba maneras, la cosa pronto empieza a perderse por caminos que no llevan a ninguna parte, giros absurdos, diálogos sonrojantes, maldades que solo proporcionan disgusto al espectador y uno de los bottle episode más disparatado que he visto nunca.

La trama de este año empieza con un asalto de la DEA a una casa de un cartel de la droga. Esa intervención policial conectará, eso lo sabremos con el tiempo, todas las historias y es el punto de partida del drama al que se enfrentará Billy McBride (Thornton). Más tarde, Oscar (Lou Diamond Philips), dueño del bar donde McBride ahoga las penas y las horas, le cuenta que sus hijos murieron en un ajuste entre bandas y que su hijo menor está en prisión por matar a los asesinos de sus hermanos. Aunque en principio Billy solo se compromete a comprobar que el chaval tiene una buena defensa, el asesinato de Oscar le obliga a tomar el caso. Poco a poco iremos conociendo a personas que tienen interés en que el joven acabe en prisión por esas muertes y asistiremos al regreso del equipo McBride, es decir, Patty (Nina Arianda), Brittany (Tania Raymonde) y Marva (Julie Brister).

A todo esto hay que añadir un cartel de la droga, un hombre con un gancho en la mano, gente desmembrada por un cirujano, prostitutas con un corazón de oro, James Wolk haciendo de buen tipo (su registro), asesinatos masivos… Parecen unos buenos mimbres para la temporada pero no lo son porque en su exceso, la serie deja de ser intrigante para ser simplemente brutal, y si esa brutalidad tuviese algún sentido, algún objetivo real, pues compro, pero no la tiene y esto se traduce en un desastre del que es imposible apartar la vista.

Por su papel en la primera temporada, Thornton se llevó un Globo de Oro al mejor actor pero este año su personaje transita por los ocho capítulos como un zombie, susurrando, arrastrando los pies, sin implicarse ni arriesgarse, si lo cambias por un canto rodado nadie nota la diferencia. Tras los acontecimientos de la primera entrega, McBride es un hombre rico que sigue interesado solo en una cosa, beber. Sigue viviendo en el motel al lado del bar y de la playa, sigue solo, la única compañía que busca es la de alguien con la que compartir una copa. Pasea por las noches por el malecón fumando, se despierta sin recordar nada, sigue en esa espiral autodestructiva que le mantiene a dos metros sobre el suelo de la realidad. Esto funcionaba el primer año pero McBride no ha aprendido nada de su experiencia, no hay avance, no hay reto, no hay superación; y si aún por encima la interpretación no está a la altura de lo que requiere el personaje, apaga y vámonos.

Este año la serie prepara una ‘historia de amor’ entre Billy y Marisol (Ana de la Reguera), candidata a la alcaldía de Los Ángeles, un personaje nuevo que despierta cierto interés pero esa relación es tan improbable que sus interacciones te sacan totalmente de la historia. Reconozco el esfuerzo de la actriz de Narcos por sacar adelante el personaje (el único medianamente bien escrito de esta temporada) pero tener que enfrentarse a un Thornton en modo automático desluce su trabajo y traslada una sensación de ridículo que es imposible sacudirse.

El único punto positivo de la serie es Nina Arianda en la piel de esa agente inmobiliaria/abogada llamada Pattie Solis Papagian, una fuerza imparable con los pies en la tierra y una energía contagiosa. Ella aporta muchos de los momentos cómicos de Goliath y sus interacciones con los demás personajes siempre funcionan. Su constante irritación hacia McBride, su hartazgo físico y emocional, su inteligencia depredadora, su trasfondo personal y familiar, la hacen merecedora de un spin off. Sin duda es lo único a rescatar de una temporada terrible, cierto que su personaje sufre de los problemas de un guión terrible pero Arianda es capaz de hacer brillar a su Pattie pese a la mediocridad del argumento. Un aplauso para ella.

En el otro extremo tenemos a Tania RayMonde, su Brittany es una joven herida que intenta recomponer los pedazos de su vida y de su relación con McBride pero los guionistas la exhiben como un simple trozo de carne haciéndola partícipe de una de las tramas más locas de la temporada.

Entre las nuevas incorporaciones de la temporada tenemos a Mark Duplass que interpreta a Tom Wyatt, un inversor y constructor bastante rico y uno de los donantes más importantes de la candidata a la alcaldía Marisol Silva (Ana de la Reguera). Wyatt está relacionado con el cartel de México y tiene conexiones con la policía. Duplass toma el relevo de William Hurt en el puesto de personaje raro. Su fascinación por las amputaciones, que se desarrolla plenamente en su relación con Brittany, acaba teniendo un sentido macabro no apto para personas sensibles. Pero, ¿era realmente necesario tener otro personaje con hábitos ‘peculiares’ este año? No. ¿Es que no pueden existir villanos sin rarezas, sin fetiches? En Goliath parece que es algo imposible y resulta redundante esa necesidad por potenciar el desequilibrio. En Bosch, serie de la misma cadena y que se desarrolla también en la ciudad de Los Ángeles, los malos no son de cartón piedra, ni rozan el ridículo. No es tan difícil crear un malo convincente.

Lo peor es que la historia deja de tener sentido a la altura del quinto capítulo. Llega un punto en la trama, cuando viajan a México, en el que ya nada importa, todo se deja a un lado para enseñarnos una mezcla extraña de Un paseo por las nubes con John Wick (Thornton pistola en mano corriendo por los viñedos arrastrando a una mujer cubierta de sangre). Incluso hacen un homenaje a la famosa escena de Con la muerte en los talones con un dron que da mucha vergüenza ajena. Hay tantos agujeros en el guión y tantas escenas sin ningún sentido, por no hablar de David Cross con la peor peluca de la historia de la televisión, que ni siquiera entiendo cómo es posible que accediesen a emitir semejante chapuza. Es una pena porque la primera temporada de la serie tenía cosas buenas que, si se hubiesen potenciado este año, conseguirían hacer de Goliath una serie muy digna.

¿Qué ha pasado con Goliath?

Sabemos que David E. Kelley (The Practice, Boston Legal, Big Little Lies) dejó la serie por diferencia creativas con el actor protagonista. Su puesto lo ocupó Clyde Phillips (Dexter) -se trajo muchas cosas de la serie del asesino en serie, y se nota- y tras filmar cuatro episodios, Thornton consiguió librarse de él. Estas idas y venidas han afectado al resultado final, es evidente, también resulta revelador que muchos de los regulares de la primera temporada no hayan regresado (Molly Parker, Olivia Thirlby, Maria Bello) y el comprobar que Thornton apenas pasa unos minutos de su tiempo en pantalla con los que si regresaron. 

Así que todo parece una cuestión de ego de estrella que mete la mano en el desarrollo de la serie y que, a la vista de los resultados, consigue lo que quiere, aunque eso afecte al resultado final.

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